1) La pésima distribución de la renta. En 1929 los ricos eran indudablemente ricos. Las cifras no son enteramente satisfactorias, pero de todos modos parece que el 5% de la población con rentas más altas recibió aproximadamente la tercera parte de toda la renta personal de la nación. La proporción de ingreso personal recibido en forma de intereses, dividendos y rentas (hablando en el sentido más amplio, la renta percibida concretamente por las personas opulentas) fue unas dos veces mayor que durante los años siguientes a la Guerra Mundial.
Esta distribución de la renta tan excesivamente desigual significaba que la economía estaba asentada sobre un alto nivel de inversión o un alto nivel de consumo de bienes suntuarios, o sobre ambos a la vez (…). Inevitablemente, tanto el gasto suntuario como el de inversión están sometidos a influencias y fluctuaciones mucho mayores que el pan y los desembolsos de un trabajador de 25 dólares semanales (…)
2) La muy deficiente estructura de las sociedades (…). La realidad era que la empresa norteamericana de los años veinte había abierto sus hospitalarios brazos a un número excepcionalmente alto de promotores, arribistas, sinvergüenzas, impostores y todas sus supercherías (…)
3) La pésima estructura bancaria (…). Cuando un banco quebraba, los activos de los demás quedaban inmovilizados, mientras los depositantes, de cualquier parte que fuesen, sentían un irresistible deseo de retirar su dinero. De este modo, una quiebra provocaba a su vez otras y, de rechazo, se producía a gran escala el efecto dominó. Incluso en tiempos óptimos una desgracia local o cualquier dirección deficiente podía dar lugar a una reacción en cadena semejante (…). Los banqueros se rindieron, como hicieron otros, a la disposición de ánimo gozosa, optimista (…)
4) La dudosa situación de la balanza de pagos. Ésta es una historia familiar. Durante la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en acreedor internacional. En la década siguiente se mantuvo el excedente de las exportaciones sobre las importaciones (…)
(…) Los países extranjeros no podían cubrir su balanza comercial adversa con Estados Unidos mediante crecientes pagos en oro, o al menos no por mucho tiempo. Lo cual significaba que o bien aumentaban sus exportaciones a Estados Unidos, o reducían sus importaciones, o bien dejaban incumplidos los pagos de los préstamos anteriores. El presidente Hoover y el Congreso actuaron rápidamente para eliminar la primera posibilidad (eliminar la cuenta con mayores importaciones): elevaron fuertemente el arancel. Consecuencia de esta medida fue que las deudas (incluso las de guerra, [las de Alemania]) no pudieron ser satisfechas, y esto de rechazo provocó una estrepitosa caída de las exportaciones norteamericanas [los demás países, sin crédito americano, no podían comprar]. La reducción no fue grande en relación al producto total de la economía norteamericana, pero contribuyó al desastre general y repercutió de forma particularmente grave en la agricultura [no podía vender] (…)
5) Los míseros conocimientos de Economía, de la época (…)
6.8.1. J. K. Galbraith: El crac del ‘29. Seix Barral. 1965, pp. 220-226
1.- Los ricos opulentos tienen sobrantes suficientes para su consumo de lujo y para sus inversiones. Pero el consumo de lujo está sujeto a fluctuaciones propias del capricho propio y de la moda (joyas, hoteles…). Y las inversiones posibles son escasas donde hay demasiados pobres, donde no hay público solvente (capaz de pagar) para comprar productos de nuevas o mayores empresas. O sea, que la economía de un país es más estable cuando se basa en el consumo y la inversión de las clases bajas (menos fluctuantes, más fijas en sus necesidades y posibilidades…).
2.- Sin garantías para las cuentas bancarias (hoy las hay muchas más: consorcios bancarios), es lógico que los depositantes retiraran los ahorros.
3.- Casi sin divisas (casi sin metales preciosos, casi sin monedas extranjeras sólidas), los países europeos ya no podían acabar de pagar sus deudas. Pero para EE.UU. las tres soluciones citadas como viables eran malas: inconcebible importar más productos de Europa, cuando en EE.UU. sobraban de los mismos; igualmente, no había ganas de aumentar créditos al exterior, cuando no había casi quien pudiera pagar; igualmente, nadie imaginaba bien el no cobrar deudas pendientes, por razones bien obvias. Los pobres países europeos, pobres ellos después de la guerra, se las veían mal para poder comprar, pero EE.UU., el rico, se las veía mal para vender.