+Lo de los suicidios, un cuento… Aproximadamente durante una semana después del Jueves Negro, la prensa de a penique [sensacionalista] de Londres se recreó deliciosamente en torno a las escenas que se desarrollaron aquellos días en el centro de Nueva York. Los especuladores se arrojaban desde las ventanas; los peatones acometían audazmente sus recorridos sorteando con delicadeza los cuerpos de los financieros caídos. El corresponsal americano de “The Economist” escribió un indignado artículo protestando contra esta imagen de supuesta carnicería. La ola de suicidios [gente tirándose por las ventanas] que siguió en Estados Unidos al “crash” del mercado de valores forma parte también de la leyenda de 1929. En realidad, no hubo ninguno. [Eso sí] Con anterioridad a 1929 [en Nueva York] la tasa de suicidios había venido aumentando gradualmente [Suicidios contados en número por cada 100.000 habitantes: 1925 = 14,4; 1926 = 13,7; 1927 =15,7; 1928 = 15,7 1929 = 17]. Durante este año se mantuvo la tendencia, que se intensificó extraordinariamente durante 1930 [18,7], 1931 [19,7] y 1932 [21,3. Pero 1933 = 18,5; 1934 = 17. Y en el resto del país, las tasas eran menores, aunque en evolución parecida a la citada sobre Nueva York] (…)
6.7. La Crisis, no solo de EE.UU.
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6.6. Un banquero muy avispado.
Los dos mayores bancos de Nueva York, el Chase y el National City, sufrieron severamente las consecuencias del “crash”. Naturalmente, participaron de la general maledicencia de los banqueros neoyorquinos, consecuencia última de las grandes esperanzas y las no menores frustraciones del sostén organizado. Pero, por desgracia para ellos, hubieron de sufrir también la desventura de tener como presidentes, en aquellos tiempos, a jugadores bursátiles de gran estilo (…)
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6.5. Especulación y Crack Bursátil.
(…) Hasta principios de 1928, el alza de las cotizaciones no es excesiva, porque se mantiene paralela al aumento de los beneficios [de las empresas]. Es a partir de marzo de 1928 cuando se entra en el “boom” puramente especulativo. La ley de la oferta y la demanda rige la Bolsa, pero J. K. Galbraith estima que la influencia de algunas grandes empresas fue determinante. Las declaraciones optimistas de hombres de negocios bien escogidos van a inflamar al alza la corriente especulativa. Los grandes jefes de la industria americana (ya se trate de la radio, del automóvil o del acero), afirman públicamente su esperanza en el futuro de la actividad económica y, por tanto, de los beneficios. Tales opiniones no dejan a nadie insensible, sobre todo en el contexto psicológico de los Estados Unidos.
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6.4. Especulación por todas partes.
(…) El nuestro es un mundo habitado, no por gentes que necesitan la persuasión para creer, sino por personas que piden una excusa cualquiera para creer. En el caso de Florida, necesitaban creer que toda la península se vería pronto poblada por los sacerdotes de la fiesta perpetua y los adoradores del sol de una nueva y notable era de molicie. Tan extraordinario sería el evento que playas, pantanos, charcos y fregaderos comunes disfrutarían la sublime bendición de una creciente revalorización. Era obvio que el clima de Florida era incapaz de garantizar semejante suceso, pero las gentes de Florida necesitaban apreciar así ese don de la naturaleza, para creer que así sucedería.
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6.3. La euforia y el Crack en el campo.
(…) [Invertir, cuando todo va a mejor] Las inmensas necesidades de Europa, durante la guerra de 1914, dieron al granjero del Medio Oeste la ilusión de que sólo tenía que producir mucho, para vender mucho y enriquecerse deprisa. De ahí la constante tentación a aumentar los beneficios, comprando maquinaria agrícola, tierras nuevas y, si no tenía dinero, a empeñarse.
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